Los bolsillos
En el juego de las parejas, tradicionalmente, ¿qué iría emparejado con el bolsillo? Puede que el pañuelo, o unas monedas. El bolsillo es esencialmente práctico: sirve para guardar. Pero podemos preguntarnos quién tendría la genial idea de crear una doble piel que sirviera para multiplicar la nuestra. Así, lo que no cabía en el regazo encontraba acomodo en una piel vaciada, convertida en recipiente.
El continente por el contenido: los bolsillos no son más que una estrategia para apropiarnos de cosas y llevarlas encima. Desde las llaves hasta un caramelo, el móvil, el ticket del supermercado, una horquilla o el papel de publicidad de un menú de restaurante que nos dió apuro tirar en la primera papelera. Pero también son el habitáculo del miedo, de la esperanza, de la duda y del silencio. Hemos creado bolsillos de aire de los que cuelgan, en los que se esconden los sentimientos y las experiencias. Porque todo eso no puede estar, no nos cabe sólo en la cabeza. El cerebro sabe cómo sacar del bolsillo el gesto reflejo del que ha sido herido, o interponer otra imagen ante la pregunta que no queremos hacernos.

El cerebro es, finalmente, el hábil marionetista que maneja los hilos, un cocinero que decide los ingredientes que sacar de esos bolsillos para preparar el guiso. Y en ocasiones no tiene más remedio que cocinar algo demasiado salado, duro o requemado: las cosas que guardamos en los bolsillos a menudo no sólo no son las correctas, sino que con el paso del tiempo se nos estropean. Poco se puede hacer con un puñado de esperanza de hace un año dejada así, casi a la intemperie, si en ese tiempo ni tan siquiera se nos ocurrió preguntarnos dónde había ido a parar. Está bien cartografiar los estratos y por qué cambia nuestro paisaje, qué nos hace decidir recubrirnos de otra tierra, pero a veces lo que llevamos no es más que pelusas y chicles viejos.
Por eso, hay que repasar los bolsillos. Puede haber sorpresas inesperadas y encontramos un billete olvidado, o una pulsera que dábamos por perdida. Y, aunque no sea tesoros lo que encontremos, es importante vaciar, hacer espacio para que nuevas alegrías y decepciones vengan a ocuparnos. No por ser de bolsillo dejan de ocupar espacio.
De lo de antes, de los antiguos ocupantes de los bolsillos, nos basta con la marca que dejaron en la pared. Guardemos esos indicios para no perdernos, pero no conservemos la materia prima a la que se refieren, deformada y envejecida por la distancia y el tiempo. Como nos dice el diccionario, un indicio es un “fenómeno que permite conocer o inferir la existencia de otro no percibido”. Y hay tanto que no sabemos de nosotros y de por qué hacemos lo que hacemos que inferir la existencia de algo ya es dar un paso de gigante para intuirnos.
Pero, por mucho huego que hagamos, en los bolsillos no caben las palabras. Las palabras vienen después, cuando la cabeza tira del hilo y nos pone ante los ojos lo que sabemos o no sabemos, lo que queremos o no queremos ver. Por eso es tan difícil explicarnos qué estamos haciendo y por qué. El miedo, la esperanza, la duda y el silencio se nos van pegando a la piel, nos acompañan o nos parasitan, mientras que la palabra es el fuego que nos habita por dentro.








