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Los bolsillos

En el juego de las parejas, tradicionalmente, ¿qué iría emparejado con el bolsillo? Puede que el pañuelo, o unas monedas. El bolsillo es esencialmente práctico: sirve para guardar. Pero podemos preguntarnos quién tendría la genial idea de crear una doble piel que sirviera para multiplicar la nuestra. Así, lo que no cabía en el regazo encontraba acomodo en una piel vaciada, convertida en recipiente.

El continente por el contenido: los bolsillos no son más que una estrategia para apropiarnos de cosas y llevarlas encima. Desde las llaves hasta un caramelo, el móvil, el ticket del supermercado, una horquilla o el papel de publicidad de un menú de restaurante que nos dió apuro tirar en la primera papelera. Pero también son el habitáculo del miedo, de la esperanza, de la duda y del silencio. Hemos creado bolsillos de aire de los que cuelgan, en los que se esconden los sentimientos y las experiencias. Porque todo eso no puede estar, no nos cabe sólo en la cabeza. El cerebro sabe cómo sacar del bolsillo el gesto reflejo del que ha sido herido, o  interponer otra imagen ante la pregunta que no queremos hacernos.

El cerebro es, finalmente, el hábil marionetista que maneja los hilos, un cocinero que decide los ingredientes que sacar de esos bolsillos para preparar el guiso. Y en ocasiones no tiene más remedio que cocinar algo demasiado salado, duro o requemado: las cosas que guardamos en los bolsillos a menudo no sólo no son las correctas, sino que con el paso del tiempo se nos estropean. Poco se puede hacer con un puñado de esperanza de hace un año dejada así, casi a la intemperie, si en ese tiempo ni tan siquiera se nos ocurrió preguntarnos dónde había ido a parar. Está bien cartografiar los estratos y por qué cambia nuestro paisaje, qué nos hace decidir recubrirnos de otra tierra, pero a veces lo que llevamos no es más que pelusas y chicles viejos. 

Por eso, hay que repasar los bolsillos. Puede haber sorpresas inesperadas y encontramos un billete olvidado, o una pulsera que dábamos por perdida. Y, aunque no sea tesoros lo que encontremos, es importante vaciar, hacer espacio para que nuevas alegrías y decepciones vengan a ocuparnos. No por ser de bolsillo dejan de ocupar espacio.

De lo de antes, de los antiguos ocupantes de los bolsillos, nos basta con la marca que dejaron en la pared. Guardemos esos indicios para no perdernos, pero no conservemos la materia prima a la que se refieren, deformada y envejecida por la distancia y el tiempo. Como nos dice el diccionario, un indicio es un “fenómeno que permite conocer o inferir la existencia de otro no percibido”. Y hay tanto que no sabemos de nosotros y de por qué hacemos lo que hacemos que inferir la existencia de algo ya es dar un paso de gigante para intuirnos.

Pero, por mucho huego que hagamos, en los bolsillos no caben las palabras. Las palabras vienen después, cuando la cabeza tira del hilo y nos pone ante los ojos lo que sabemos o no sabemos, lo que queremos o no queremos ver. Por eso es tan difícil explicarnos qué estamos haciendo y por qué. El miedo, la esperanza, la duda y el silencio se nos van pegando a la piel, nos acompañan o nos parasitan, mientras que la palabra es el fuego que nos habita por dentro.

De “Bagaj, un voyage en Russie”, por Samuel Marchak y Vladimir Lebedev.

De “Bagaj, un voyage en Russie”, por Samuel Marchak y Vladimir Lebedev.

Estrategias de defensa

¿Qué construimos como defensa cuando el rostro y las manos no bastan? Si estuviéramos en época medieval elegiríamos un terreno escarpado en lo alto de una montaña, o a la orilla de un río caudaloso y nos asentaríamos allí. Para mayor seguridad levantaríamos una muralla que acorazase las frías noches de los pasillos de piedra y no dejase escapar la gravedad profunda de los sueños. La defensa era, entonces, filosofía de cebolla: superponer capas y esconderse en la tierra para que el mundo olvidase la existencia de brazos y párpados moviéndose en su interior.

Hoy desaparecer requiere grandes dosis de iniciativa, pues parece que fragmentos de nosotros persistiesen en mensajes, en imágenes, en pantallas, en el movimiento mudo de una cámara de seguridad o en la señal satélite del móvil. Somos chispazos de energía que persisten en paralelo. La defensa de estar en otro sitio o de no revelar dónde se posan los pies para que no nos sepan es hoy mucho más reducida. Además, en las ciudades ya no hay espacio para construir murallas y las que quedan están adelgazadas, carcomidas, deslabazadas. Ya no protegen de nada, ni tan siquiera contienen un tercio de las ciudades y los pueblos que se han derramado a su través.

Pero hubo un momento en el que cierta confusión era aún posible, en que la defensa no requería radares de alta precisión, gafas de visión térmica o radios por satélite. Hubo un pequeño intervalo final de ingenuidad bélica en el que los procesos de aprendizaje coincidían con el desarrollo mismo de los instrumentos y las incipientes tecnologías parecían aún un juguete que estaba empezando a írsenos de las manos. Durante la Primera Guerra Mundial, los altos mandos de la Defensa francesa desarrollaron un plan para recrear un falso París unos kilómetros al norte del mismo París, en Maisons Laffitte, con falsas líneas de ferrocarril, fábricas, engañosas luces y hasta un Arco de Triunfo de mentira. Como el niño que recibe de sus padres una mascota falsificada para ocultar la muerte del animal primigenio, la idea era proponer un enorme decorado de pega que llevara a los aviones (con radares rudimentarios, mapas aproximativos y poca sofisticación de vuelo) a descargar contra un objetivo creado precisamente para ser bombardeado.

El proyecto se inició poco antes de 1918, por lo que nunca llegó a desarrollarse por completo, pero nos puede dar una idea de defensa que aún puede funcionar frente a aquellos que tengan una capacidad de calado reducida, que se queden apenas con el perfil y la superficie. Quizá aún hoy podemos construir unos metros más allá de nosotros mismos una réplica de cartón piedra que también se mueva y se ilumine, que diga saber y diga sentir y que con eso nos baste para defendernos de la invasión de tiempo y espacio de aquellos que nunca se preguntarán por qué nos movemos y nos iluminamos, qué es lo que realmente sabemos y sentimos. Y mientras, nosotros, replegados unos metros más allá, podemos perdernos en la mágica indolencia de cerrar los ojos o de tumbarnos en el suelo mirando a las ramas mecerse con el viento. Todo aquello que nunca hacemos en tiempo de guerra: en días como hoy, en meses como todos.

Nuestra estratégica versión en 2D defendería la vanguardia sin necesidad de batallones de palabras ni caballerías de pensamientos que vuelven una y otra vez y que nunca se nos van del todo de la cabeza. Sólo estaríamos allí, con los ojos cerrados, sabiendo que nuestra réplica tiene encendidas las luces y responde por nosotros. Sentiríamos, por primera vez en mucho tiempo, la libertad de no tener nada en que pensar, de no masticar minutos prácticos. Pero estas defensas sólo tienen un problema: su cartón se arquea con la lluvia y el verano destiñe su pintura. Para no revelar el misterio, tenemos que aprender bricolaje para su mantenimiento.

Justin Valdes, “Textbook Zigurat”

Justin Valdes, “Textbook Zigurat”

Deshacer, o la química reversible

Ya está. Hemos hecho algo. Yo he escrito dos frases, tú las has leído. Pero, de las dos acciones, sólo una es reversible. Puedo borrar lo escrito, pero no es posible desleer lo leído. Una vez escuchamos, vemos o leemos, lo que recibimos se queda con nosotros, queramos o no. Podemos ignorarlo o incluso olvidarlo, mas para ignorar es necesario reconocer una presencia, una existencia. Aunque borre este párrafo no podré “despensar” la idea que me llevó a su escritura.

Lo mismo ocurre con el espacio: no puede desaparecer. Sólo puede cambiar de forma, variar sus divisiones, convertir piedras en ruinas, reencarnarse en acero y cristal, pero en definitiva sigue siendo el mismo espacio, el mismo sustento de la escena. El espacio persiste.

La energía o el agua son reversibles: cambian de forma pero permanecen. El ejemplo máximo de saltos hacia delante y hacia atrás quizá sean las reacciones químicas reversibles, que se efectúan en ambos sentidos simultáneamente: dos compuestos reaccionan entre sí dando lugar a un producto, pero también pueden regresar a su estado inicial, pueden regenerarse. Si eso nos ocurriera, la reacción química de la extrañeza, la curiosidad y el deseo daría como resultado amor, y a partir de él, sería posible regenerar la extrañeza, la curiosidad y el deseo como elementos separados. Pero en vez de eso, suele ocurrir como en los cócteles: resulta imposible separar los elementos una vez mezclados y disueltos.

Y así vamos avanzando por los pantanos y los puentes de las semanas, los meses y los años. A veces podemos tomar el puente en el sentido contrario para intentar volver atrás (devolver un jersey demasiado gris para el verano, pedir disculpas por palabras que no quisimos decir, desandar un camino equivocado, limpiar el café derramado, regresar antes del viaje en el que no debimos partir). No siempre se pueden deshacer con éxito, pues entran en juego otros factores, y se vuelve más y más complejo cuando se trata de una acción interpersonal. Pero, a menudo, el resultado es el de la figura de cerámica caída y reconstruída con pegamento y, si somos hábiles restauradores, a veces ni tan siquiera se notan las líneas de fractura. La vuelta atrás es así posible.


Luis Rodríguez - El oficio de hacer y deshacer - 2009

Pero en otras ocasiones lo dicho o hecho nos lleva a dar un salto. No podremos volver a poner los pies en el punto en el que estábamos inmediátamente antes y si, de algún modo conseguimos volver a aquel mismo lugar, habrá de ser dando un rodeo, nunca en línea recta. Es así como mudamos de piel, como crecemos, acumulamos cicatrices y sabiduría. No podemos des-ver, des-escuchar, des-leer, des-pensar, des-conocer. Y eso a veces nos hace ir aún más lejos, nos potencia y nos impulsa, pero otras nos empantana. Avanzamos penosamente y sabemos que existe la tierra firme (la recordamos, la hemos conocido) y que hay pueblos sumergidos bajo el barro, pero no llegamos a ninguno de los dos. 

Por eso, una explicación de nuestra vida en trayectorias sería una combinación de flechas hacia delante, con más o menos potencia y distancia; pequeñas flechas hacia atrás para retomar posiciones (y, ocasionalmente, algún gran retorno, pero los grandes regresos rara vez ocurren en línea recta); y giros de mayor o menor amplitud, con una o más vueltas, durante los que nos movemos en círculo en torno a un mismo punto, como el animal despistado que no sabe lo que busca o el león que gira observando y preparándose. Somos a la vez depredadores y víctimas de nuestras propias acciones. Y, lo más complicado, es que muchas veces seguimos girando, no descubrimos qué es y qué no es reversible y, al final, ni hacemos ni deshacemos.

Tom Eckersley Deutsches Plakat Museum exhibition poster via the vads archive of the University of the Arts London.

Tom Eckersley Deutsches Plakat Museum exhibition poster via the vads archive of the University of the Arts London.

Arqueología futura

¿Es mejor no ser recordado o ser recordado por lo que nunca hicimos? Resulta relativamente fácil desaparecer de la historia, o aparecer bajo una luz que nunca fue nuestra. Incluso en una época de sobredosis de imágenes, el hilo se puede perder en el mismo punto, por muy compartido y duplicado que esté.

Sí, existen los archivos, las bases de datos y los servidores digitales, pero finalmente, ¿qué habrá que sea capaz de contar nuestra historia? Quedarán datos, comentarios, opiniones que no siempre serán ciertas o que probablemente estarán lejos de la realidad subjetiva del personaje. No sabemos lo que perdurará de aquí a varios siglos: si los comentarios irreflexivos de Facebook o nuestra partida de nacimiento, si el metraje de una cámara de seguridad que se preservó por dejadez o por voyeurismo, un comentario encendido en un periódico online o una foto con nuestro nombre que alguien “taggeó” sin afinar mucho y nos identifica erróneamente con un rostro que no tenemos…

Seremos objeto de la historia y la antropología. Alguien que vivirá con las mismas dudas e inconsistencias que nosotros clasificará sus conclusiones y las defenderá en conferencias y simposios internacionales. Habrá teorías que refutarán las teorías anteriores. Y las conclusiones que parecerán más evidentes serán probablemente las más erradas porque nadie se parará a pensar en que los hombres somos por naturaleza inconsistentes y misteriosos: cambiamos de opinión y de rumbo, hacemos lo contrario de lo que pensamos, mudamos de idea y volvemos a reorientar la ruta. No somos capaces ni tan siquiera de explicarnos en nuestra cabeza; las palabras son peces mojados que se nos escapan y nos dejan con la sensación de haberlo dicho todo al revés… ¿Cómo, entonces, podría alguien explicarnos como sujetos históricos, limados de contradicciones, decididos, asiduos de una serie de actividades repertoriadas en los yacimientos históricos?

La National Portrait Gallery de Londres, tras tanteos e hipótesis históricas, se ha pasado a un ejercicio de invención pura: han pedido a un puñado de escritores que inventasen biografías imaginarias para catorce retratos sin identificar de su colección de los siglos XVI y XVII. Y en muchos casos, se trata de rostros y cuerpos que han sido confundidos con otros que sí dejaron más huella en la historia y que se les parecían. Como esta mujer, durante mucho tiempo considerada María Estuardo:

O esta otra mujer, claramente nocturna y fatal, que algunos identifican con Lady Arabella Stuart y que parece más bien sacada de una noche parisina de finales del XIX…

 

Podemos ponerles nombre, crearles una rutina, convertirles en ciudadanos de un lugar, concluir que dedicaban sus horas a las actividades que creemos llenaban los días de nobles y cortesanas de la época. Pero, en el fondo, sabríamos tanto como si las inventásemos.

Sería posible e incluso fácil, entonces, que terminásemos por convertirnos en otro para la posteridad. Y no sé qué sería más incómodo: si que alguien me tomase como ejemplo de las supuestas labores, ocios y vicios de este siglo sin poder llegar nunca a saber lo que pienso cuando miro por la ventanilla del metro, o que me convirtieran en una historia que no es la mía, con otro nombre y otro argumento. Sería el acto supremo de convertir nuestra vida en novela, en el perfecto cadáver exquisito: una biografía escrita sin referentes, por manos a ciegas y que, paradójicamente, se convertiría en la única real. Si considerásemos la historia desde una lógica ilógica y simplista, concluiríamos que sólo lo real puede permanecer. Pero lo real tiene demasiadas caras, es precisamente lo que se nos escapa, aún en presente. 

Lo real se debate en la frase subrayada de un libro, en una tristeza repentina, en esta botella de vino o una carrera por un pasillo para llegar a tiempo a una reunión. Eso que es nuestra vida sólo lo podemos capturar en instantes que olvidamos o que vuelven al centro del pecho expandiendo un calor de presencia o un pinchazo de falta. Eso, en el fondo, a menudo ni tan siquiera parece nuestro, sino apenas un sentimiento prestado que corre un segundo después hacia otro pecho.

Portada de “Crimen y castigo” de Dostoyevsky
(via http://deadliftpoetry.tumblr.com/)

Portada de “Crimen y castigo” de Dostoyevsky

(via http://deadliftpoetry.tumblr.com/)

La semilla

Rilke decía que “el futuro entra en nosotros, para transformarse dentro de nosotros, mucho antes de que ocurra”. Así acontece, pero no en los choques ni en las fracturas, sino que nos pasa inadvertido: los soplos de futuro entran en nosotros embebidos en otras rutinas, al dar la vuelta a una esquina o bajo el vapor del agua de la ducha.

Ese soplo se nos queda como una semilla, y ya tiene en ella la información de su futura forma y desenlace. Sin embargo, ese futuro no es determinista. En su germen están un puñado de posibilidades. Comienza siendo sólo dos: puede germinar o no hacerlo, y sólo si germina podrá ir desarrollando tallos con nuevas posibilidades. Al final, se trata de uno de esos juegos laberínticos de los sueños en los que siempre hay dos puertas y, al traspasar una, vuelven a aparecer otras dos.

Después es imposible volver atrás más que dos o tres puertas. Es todo tan igual que resulta imposible recordar y terminaríamos en un rincón absolutamente otro, ante marcos idénticos, con una indeterminación que no era la anterior pero que resulta igual de vaga.

Futuro House, Matti Suuronen

Por eso, al final es cierto que el futuro se transforma en nosotros. No nos transforma, sino que se transforma él. Las plantas también se mustian, los tallos se parten, hay grandes sequías e inundaciones. Al final que ocurra algo resulta siempre un milagro.

Pero, cuando miramos atrás, siempre podemos identificar el instante en el que comenzó a brotar el tallo que seguimos o dejamos secar, el punto de inflexión en el que lo que crece lo hace mirando al sol o con la faz vuelta a la tierra.

Cuando hay una gran explosión, una erupción de futuro que parece venir de otra parte y nos lleva con ella sin remedio, creemos que son acontecimientos arrasadores, circunstancias externas, algo que nos subyuga hacia las cimas más altas o las simas oceánicas más oscuras, donde viven todos esos peces que aún no descubrimos y que parecen salidos del principio de los tiempos.

Pero, en realidad, conocemos esa lava y por qué nos lleva: tiene algo nuestro en sus brasas. La hemos albergado dentro, hemos alentado inconscientemente su pujanza. Por eso, cuando llega, todo se coloca en su lugar, aunque ese lugar sea una montaña de palabras y ramas y objetos revueltos. Su orden es el orden de nuestro desorden, de aquello en lo que hemos querido convertir al futuro, para que así nos transformase.

Irene Zacks “Space Alphabet” (1964), ilustrado por Peter P. Plasencia. 

Irene Zacks “Space Alphabet” (1964), ilustrado por Peter P. Plasencia. 

Dimensiones del diálogo

El diálogo nos transforma. ¿Qué éramos antes de empezar a hablar? ¿Qué somos al terminar? La conversación es un proceso de cambio que, cuando se da en plenitud, actúa como un arado: remueve la tierra, nos prepara para la siembra y nos planta semillas que germinarán o no según pase el tiempo y las lluvias. 

El gran Jan Švankmajer lo representó con una mirada lúcida en sus “Dimensiones del diálogo”. Supo convertir en imágenes sus distintas instancias, empezando por el diálogo fagocitado, el diálogo intelectual. En él se mezcla nuestra sustancia con la del interlocutor, las frases mezclan nuestro pensamiento con el del que nos responde y de ese conjunto salimos siendo otros, compuestos de fragmentos distintos de aquello que fuimos y aquello que nos dieron…


(“Diálogo”, por Igone Urquiza)

Este es el verdadero diálogo-semilla, que termina teniendo un efecto dominó. De aquéllos con los que nos encontramos terminamos por llevarnos un pedacito y les dejamos algo nuestro, que a la vez formará parte de lo que llevemos en nuestro bagaje para el siguiente interlocutor, y así sucesivamente… Estos para mí son por excelencia los diálogos en torno a una mesa, las conversaciones que nos transforman con una copa de vino en la mano hasta bien entrada la madrugada. Tienen algo de caníbal también, pero interactuar y compartir siempre tiene un toque antropófago: nos comemos y somos comidos, y esto no tiene por qué ser negativo siempre y cuando nos vayamos con una esencia similar a la que trajimos, si bien su contenido probablemente sea distinto. Pesamos lo mismo, pero con un distinto porcentaje de plumas y plomo…

También podemos confundirnos, dejar paso a una sustancia compartida en el que dos pasan a ser uno mientras dure el intercambio. El diálogo enamorado está en esta categoría: no se crea principalmente a base de palabras, sino de fusiones, creando una unidad distinta. La sustancia de cada amante se confunde para después volver a separarse. Es el diálogo fusional, en el que buscamos perder intencionalmente nuestra unicidad y emborronar las fronteras de piel que nos delimitan. En este diálogo a veces una parte de nosotros retoma su forma por un instante, para volver a diluirse de nuevo en el conjunto informe. Buscamos ser más que nosotros, y en ese proceso nos vaciamos para dejar hueco a la sustancia del otro y viceversa. Es el diálogo de los vasos comunicantes, en el que después recuperamos nuestra sustancia de vuelta sabiendo que ha sido diluida y recibida por el otro.

El tercer tipo de diálogo sería el diálogo destructivo, aquél en el que las palabras y los gestos tienen como intención destruir la sustancia del que está al otro lado. Lo que se dice se convierte en arma. El objetivo es dejar al interlocutor convertido en una sustancia informe, sin capacidad de reacción ni respuesta. Es una lucha a brazo partido, una batalla cuerpo a cuerpo con palabras punzantes. Este diálogo es el diálogo asesino, del que queremos levantarnos para darnos la vuelta y salir triunfantes del campo de batalla en una planicie desierta. Si este diálogo triunfa anulamos al otro, lo dejamos convertido en despojos que tardarán tiempo en recomponerse y más aún en poder volver a por su revancha.

Aquí va la visión de Švankmajer sobre estos tres primeros diálogos:

Por último está el diálogo funcional, en el que uno dice o pide algo y el interlocutor responde o proporciona lo necesario. Este intercambio es, en principio, práctico, y no debería tener mayor trascendencia. Sin embargo, el sistema no siempre funciona. En un intercambio ideal, como ilustra Švankmajer, de nuestra boca sale un cepillo de dientes y de la del otro un tubo de pasta, pero a veces de nuestra boca sale el cepillo y de la del otro un cordón, o un sacapuntas. Los diálogos funcionales son finalmente una versión dialogada del juego de piedra, papel o tijeras, o una cadena de montaje industrial. Si algo falla en un punto, se atasca toda la cadena y la comunicación es imposible. Aún compartiendo los códigos no sabemos encontrar la reciprocidad, y el proceso nos agota porque cada vez estaremos más lejos de conseguir lo que necesitábamos o de encontrar una entente para seguir adelante.

En el fondo, lo que diferencia un diálogo de otro es la manera en que se mezclen nuestras sustancias, pero siempre que haya un intercambio de palabras y de gestos nos vamos transformando. Se trata sin duda de un proceso social, pero hay mucho más que eso. Es algo que va más alla y que explica cómo evoluciona nuestra esencia, cómo vamos cambiando y nos vamos convirtiendo progresivamente en otros. 

Y es que el monólogo también nos convierte en seres distintos. También ocurren estos mismos procesos cuando hablamos con nosotros mismos o procesamos influencias y estímulos del mundo que nos rodea: nos fagocitamos, nos amamos, nos destruimos y nos procuramos (o no) lo necesario. 

El tiempo se nos va en estos juegos, dando y recibiendo, cambiando y haciendo cambiar, en presencia o en ausencia. Son juegos inagotables, pero también imparables e imposibles de evitar. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos hablarnos en el pensamiento, si fuera imposible comunicarnos con los otros? Seríamos una piedra en el vacío, eternamente idéntica a sí misma, aislada del cambio y sin saber de su existencia…

Los bolsillos

En el juego de las parejas, tradicionalmente, ¿qué iría emparejado con el bolsillo? Puede que el pañuelo, o unas monedas. El bolsillo es esencialmente práctico: sirve para guardar. Pero podemos preguntarnos quién tendría la genial idea de crear una doble piel que sirviera para multiplicar la nuestra. Así, lo que no cabía en el regazo encontraba acomodo en una piel vaciada, convertida en recipiente.

El continente por el contenido: los bolsillos no son más que una estrategia para apropiarnos de cosas y llevarlas encima. Desde las llaves hasta un caramelo, el móvil, el ticket del supermercado, una horquilla o el papel de publicidad de un menú de restaurante que nos dió apuro tirar en la primera papelera. Pero también son el habitáculo del miedo, de la esperanza, de la duda y del silencio. Hemos creado bolsillos de aire de los que cuelgan, en los que se esconden los sentimientos y las experiencias. Porque todo eso no puede estar, no nos cabe sólo en la cabeza. El cerebro sabe cómo sacar del bolsillo el gesto reflejo del que ha sido herido, o  interponer otra imagen ante la pregunta que no queremos hacernos.

El cerebro es, finalmente, el hábil marionetista que maneja los hilos, un cocinero que decide los ingredientes que sacar de esos bolsillos para preparar el guiso. Y en ocasiones no tiene más remedio que cocinar algo demasiado salado, duro o requemado: las cosas que guardamos en los bolsillos a menudo no sólo no son las correctas, sino que con el paso del tiempo se nos estropean. Poco se puede hacer con un puñado de esperanza de hace un año dejada así, casi a la intemperie, si en ese tiempo ni tan siquiera se nos ocurrió preguntarnos dónde había ido a parar. Está bien cartografiar los estratos y por qué cambia nuestro paisaje, qué nos hace decidir recubrirnos de otra tierra, pero a veces lo que llevamos no es más que pelusas y chicles viejos. 

Por eso, hay que repasar los bolsillos. Puede haber sorpresas inesperadas y encontramos un billete olvidado, o una pulsera que dábamos por perdida. Y, aunque no sea tesoros lo que encontremos, es importante vaciar, hacer espacio para que nuevas alegrías y decepciones vengan a ocuparnos. No por ser de bolsillo dejan de ocupar espacio.

De lo de antes, de los antiguos ocupantes de los bolsillos, nos basta con la marca que dejaron en la pared. Guardemos esos indicios para no perdernos, pero no conservemos la materia prima a la que se refieren, deformada y envejecida por la distancia y el tiempo. Como nos dice el diccionario, un indicio es un “fenómeno que permite conocer o inferir la existencia de otro no percibido”. Y hay tanto que no sabemos de nosotros y de por qué hacemos lo que hacemos que inferir la existencia de algo ya es dar un paso de gigante para intuirnos.

Pero, por mucho huego que hagamos, en los bolsillos no caben las palabras. Las palabras vienen después, cuando la cabeza tira del hilo y nos pone ante los ojos lo que sabemos o no sabemos, lo que queremos o no queremos ver. Por eso es tan difícil explicarnos qué estamos haciendo y por qué. El miedo, la esperanza, la duda y el silencio se nos van pegando a la piel, nos acompañan o nos parasitan, mientras que la palabra es el fuego que nos habita por dentro.

De “Bagaj, un voyage en Russie”, por Samuel Marchak y Vladimir Lebedev.

De “Bagaj, un voyage en Russie”, por Samuel Marchak y Vladimir Lebedev.

Estrategias de defensa

¿Qué construimos como defensa cuando el rostro y las manos no bastan? Si estuviéramos en época medieval elegiríamos un terreno escarpado en lo alto de una montaña, o a la orilla de un río caudaloso y nos asentaríamos allí. Para mayor seguridad levantaríamos una muralla que acorazase las frías noches de los pasillos de piedra y no dejase escapar la gravedad profunda de los sueños. La defensa era, entonces, filosofía de cebolla: superponer capas y esconderse en la tierra para que el mundo olvidase la existencia de brazos y párpados moviéndose en su interior.

Hoy desaparecer requiere grandes dosis de iniciativa, pues parece que fragmentos de nosotros persistiesen en mensajes, en imágenes, en pantallas, en el movimiento mudo de una cámara de seguridad o en la señal satélite del móvil. Somos chispazos de energía que persisten en paralelo. La defensa de estar en otro sitio o de no revelar dónde se posan los pies para que no nos sepan es hoy mucho más reducida. Además, en las ciudades ya no hay espacio para construir murallas y las que quedan están adelgazadas, carcomidas, deslabazadas. Ya no protegen de nada, ni tan siquiera contienen un tercio de las ciudades y los pueblos que se han derramado a su través.

Pero hubo un momento en el que cierta confusión era aún posible, en que la defensa no requería radares de alta precisión, gafas de visión térmica o radios por satélite. Hubo un pequeño intervalo final de ingenuidad bélica en el que los procesos de aprendizaje coincidían con el desarrollo mismo de los instrumentos y las incipientes tecnologías parecían aún un juguete que estaba empezando a írsenos de las manos. Durante la Primera Guerra Mundial, los altos mandos de la Defensa francesa desarrollaron un plan para recrear un falso París unos kilómetros al norte del mismo París, en Maisons Laffitte, con falsas líneas de ferrocarril, fábricas, engañosas luces y hasta un Arco de Triunfo de mentira. Como el niño que recibe de sus padres una mascota falsificada para ocultar la muerte del animal primigenio, la idea era proponer un enorme decorado de pega que llevara a los aviones (con radares rudimentarios, mapas aproximativos y poca sofisticación de vuelo) a descargar contra un objetivo creado precisamente para ser bombardeado.

El proyecto se inició poco antes de 1918, por lo que nunca llegó a desarrollarse por completo, pero nos puede dar una idea de defensa que aún puede funcionar frente a aquellos que tengan una capacidad de calado reducida, que se queden apenas con el perfil y la superficie. Quizá aún hoy podemos construir unos metros más allá de nosotros mismos una réplica de cartón piedra que también se mueva y se ilumine, que diga saber y diga sentir y que con eso nos baste para defendernos de la invasión de tiempo y espacio de aquellos que nunca se preguntarán por qué nos movemos y nos iluminamos, qué es lo que realmente sabemos y sentimos. Y mientras, nosotros, replegados unos metros más allá, podemos perdernos en la mágica indolencia de cerrar los ojos o de tumbarnos en el suelo mirando a las ramas mecerse con el viento. Todo aquello que nunca hacemos en tiempo de guerra: en días como hoy, en meses como todos.

Nuestra estratégica versión en 2D defendería la vanguardia sin necesidad de batallones de palabras ni caballerías de pensamientos que vuelven una y otra vez y que nunca se nos van del todo de la cabeza. Sólo estaríamos allí, con los ojos cerrados, sabiendo que nuestra réplica tiene encendidas las luces y responde por nosotros. Sentiríamos, por primera vez en mucho tiempo, la libertad de no tener nada en que pensar, de no masticar minutos prácticos. Pero estas defensas sólo tienen un problema: su cartón se arquea con la lluvia y el verano destiñe su pintura. Para no revelar el misterio, tenemos que aprender bricolaje para su mantenimiento.

Justin Valdes, “Textbook Zigurat”

Justin Valdes, “Textbook Zigurat”

Deshacer, o la química reversible

Ya está. Hemos hecho algo. Yo he escrito dos frases, tú las has leído. Pero, de las dos acciones, sólo una es reversible. Puedo borrar lo escrito, pero no es posible desleer lo leído. Una vez escuchamos, vemos o leemos, lo que recibimos se queda con nosotros, queramos o no. Podemos ignorarlo o incluso olvidarlo, mas para ignorar es necesario reconocer una presencia, una existencia. Aunque borre este párrafo no podré “despensar” la idea que me llevó a su escritura.

Lo mismo ocurre con el espacio: no puede desaparecer. Sólo puede cambiar de forma, variar sus divisiones, convertir piedras en ruinas, reencarnarse en acero y cristal, pero en definitiva sigue siendo el mismo espacio, el mismo sustento de la escena. El espacio persiste.

La energía o el agua son reversibles: cambian de forma pero permanecen. El ejemplo máximo de saltos hacia delante y hacia atrás quizá sean las reacciones químicas reversibles, que se efectúan en ambos sentidos simultáneamente: dos compuestos reaccionan entre sí dando lugar a un producto, pero también pueden regresar a su estado inicial, pueden regenerarse. Si eso nos ocurriera, la reacción química de la extrañeza, la curiosidad y el deseo daría como resultado amor, y a partir de él, sería posible regenerar la extrañeza, la curiosidad y el deseo como elementos separados. Pero en vez de eso, suele ocurrir como en los cócteles: resulta imposible separar los elementos una vez mezclados y disueltos.

Y así vamos avanzando por los pantanos y los puentes de las semanas, los meses y los años. A veces podemos tomar el puente en el sentido contrario para intentar volver atrás (devolver un jersey demasiado gris para el verano, pedir disculpas por palabras que no quisimos decir, desandar un camino equivocado, limpiar el café derramado, regresar antes del viaje en el que no debimos partir). No siempre se pueden deshacer con éxito, pues entran en juego otros factores, y se vuelve más y más complejo cuando se trata de una acción interpersonal. Pero, a menudo, el resultado es el de la figura de cerámica caída y reconstruída con pegamento y, si somos hábiles restauradores, a veces ni tan siquiera se notan las líneas de fractura. La vuelta atrás es así posible.


Luis Rodríguez - El oficio de hacer y deshacer - 2009

Pero en otras ocasiones lo dicho o hecho nos lleva a dar un salto. No podremos volver a poner los pies en el punto en el que estábamos inmediátamente antes y si, de algún modo conseguimos volver a aquel mismo lugar, habrá de ser dando un rodeo, nunca en línea recta. Es así como mudamos de piel, como crecemos, acumulamos cicatrices y sabiduría. No podemos des-ver, des-escuchar, des-leer, des-pensar, des-conocer. Y eso a veces nos hace ir aún más lejos, nos potencia y nos impulsa, pero otras nos empantana. Avanzamos penosamente y sabemos que existe la tierra firme (la recordamos, la hemos conocido) y que hay pueblos sumergidos bajo el barro, pero no llegamos a ninguno de los dos. 

Por eso, una explicación de nuestra vida en trayectorias sería una combinación de flechas hacia delante, con más o menos potencia y distancia; pequeñas flechas hacia atrás para retomar posiciones (y, ocasionalmente, algún gran retorno, pero los grandes regresos rara vez ocurren en línea recta); y giros de mayor o menor amplitud, con una o más vueltas, durante los que nos movemos en círculo en torno a un mismo punto, como el animal despistado que no sabe lo que busca o el león que gira observando y preparándose. Somos a la vez depredadores y víctimas de nuestras propias acciones. Y, lo más complicado, es que muchas veces seguimos girando, no descubrimos qué es y qué no es reversible y, al final, ni hacemos ni deshacemos.

Tom Eckersley Deutsches Plakat Museum exhibition poster via the vads archive of the University of the Arts London.

Tom Eckersley Deutsches Plakat Museum exhibition poster via the vads archive of the University of the Arts London.

Arqueología futura

¿Es mejor no ser recordado o ser recordado por lo que nunca hicimos? Resulta relativamente fácil desaparecer de la historia, o aparecer bajo una luz que nunca fue nuestra. Incluso en una época de sobredosis de imágenes, el hilo se puede perder en el mismo punto, por muy compartido y duplicado que esté.

Sí, existen los archivos, las bases de datos y los servidores digitales, pero finalmente, ¿qué habrá que sea capaz de contar nuestra historia? Quedarán datos, comentarios, opiniones que no siempre serán ciertas o que probablemente estarán lejos de la realidad subjetiva del personaje. No sabemos lo que perdurará de aquí a varios siglos: si los comentarios irreflexivos de Facebook o nuestra partida de nacimiento, si el metraje de una cámara de seguridad que se preservó por dejadez o por voyeurismo, un comentario encendido en un periódico online o una foto con nuestro nombre que alguien “taggeó” sin afinar mucho y nos identifica erróneamente con un rostro que no tenemos…

Seremos objeto de la historia y la antropología. Alguien que vivirá con las mismas dudas e inconsistencias que nosotros clasificará sus conclusiones y las defenderá en conferencias y simposios internacionales. Habrá teorías que refutarán las teorías anteriores. Y las conclusiones que parecerán más evidentes serán probablemente las más erradas porque nadie se parará a pensar en que los hombres somos por naturaleza inconsistentes y misteriosos: cambiamos de opinión y de rumbo, hacemos lo contrario de lo que pensamos, mudamos de idea y volvemos a reorientar la ruta. No somos capaces ni tan siquiera de explicarnos en nuestra cabeza; las palabras son peces mojados que se nos escapan y nos dejan con la sensación de haberlo dicho todo al revés… ¿Cómo, entonces, podría alguien explicarnos como sujetos históricos, limados de contradicciones, decididos, asiduos de una serie de actividades repertoriadas en los yacimientos históricos?

La National Portrait Gallery de Londres, tras tanteos e hipótesis históricas, se ha pasado a un ejercicio de invención pura: han pedido a un puñado de escritores que inventasen biografías imaginarias para catorce retratos sin identificar de su colección de los siglos XVI y XVII. Y en muchos casos, se trata de rostros y cuerpos que han sido confundidos con otros que sí dejaron más huella en la historia y que se les parecían. Como esta mujer, durante mucho tiempo considerada María Estuardo:

O esta otra mujer, claramente nocturna y fatal, que algunos identifican con Lady Arabella Stuart y que parece más bien sacada de una noche parisina de finales del XIX…

 

Podemos ponerles nombre, crearles una rutina, convertirles en ciudadanos de un lugar, concluir que dedicaban sus horas a las actividades que creemos llenaban los días de nobles y cortesanas de la época. Pero, en el fondo, sabríamos tanto como si las inventásemos.

Sería posible e incluso fácil, entonces, que terminásemos por convertirnos en otro para la posteridad. Y no sé qué sería más incómodo: si que alguien me tomase como ejemplo de las supuestas labores, ocios y vicios de este siglo sin poder llegar nunca a saber lo que pienso cuando miro por la ventanilla del metro, o que me convirtieran en una historia que no es la mía, con otro nombre y otro argumento. Sería el acto supremo de convertir nuestra vida en novela, en el perfecto cadáver exquisito: una biografía escrita sin referentes, por manos a ciegas y que, paradójicamente, se convertiría en la única real. Si considerásemos la historia desde una lógica ilógica y simplista, concluiríamos que sólo lo real puede permanecer. Pero lo real tiene demasiadas caras, es precisamente lo que se nos escapa, aún en presente. 

Lo real se debate en la frase subrayada de un libro, en una tristeza repentina, en esta botella de vino o una carrera por un pasillo para llegar a tiempo a una reunión. Eso que es nuestra vida sólo lo podemos capturar en instantes que olvidamos o que vuelven al centro del pecho expandiendo un calor de presencia o un pinchazo de falta. Eso, en el fondo, a menudo ni tan siquiera parece nuestro, sino apenas un sentimiento prestado que corre un segundo después hacia otro pecho.

Portada de “Crimen y castigo” de Dostoyevsky
(via http://deadliftpoetry.tumblr.com/)

Portada de “Crimen y castigo” de Dostoyevsky

(via http://deadliftpoetry.tumblr.com/)

La semilla

Rilke decía que “el futuro entra en nosotros, para transformarse dentro de nosotros, mucho antes de que ocurra”. Así acontece, pero no en los choques ni en las fracturas, sino que nos pasa inadvertido: los soplos de futuro entran en nosotros embebidos en otras rutinas, al dar la vuelta a una esquina o bajo el vapor del agua de la ducha.

Ese soplo se nos queda como una semilla, y ya tiene en ella la información de su futura forma y desenlace. Sin embargo, ese futuro no es determinista. En su germen están un puñado de posibilidades. Comienza siendo sólo dos: puede germinar o no hacerlo, y sólo si germina podrá ir desarrollando tallos con nuevas posibilidades. Al final, se trata de uno de esos juegos laberínticos de los sueños en los que siempre hay dos puertas y, al traspasar una, vuelven a aparecer otras dos.

Después es imposible volver atrás más que dos o tres puertas. Es todo tan igual que resulta imposible recordar y terminaríamos en un rincón absolutamente otro, ante marcos idénticos, con una indeterminación que no era la anterior pero que resulta igual de vaga.

Futuro House, Matti Suuronen

Por eso, al final es cierto que el futuro se transforma en nosotros. No nos transforma, sino que se transforma él. Las plantas también se mustian, los tallos se parten, hay grandes sequías e inundaciones. Al final que ocurra algo resulta siempre un milagro.

Pero, cuando miramos atrás, siempre podemos identificar el instante en el que comenzó a brotar el tallo que seguimos o dejamos secar, el punto de inflexión en el que lo que crece lo hace mirando al sol o con la faz vuelta a la tierra.

Cuando hay una gran explosión, una erupción de futuro que parece venir de otra parte y nos lleva con ella sin remedio, creemos que son acontecimientos arrasadores, circunstancias externas, algo que nos subyuga hacia las cimas más altas o las simas oceánicas más oscuras, donde viven todos esos peces que aún no descubrimos y que parecen salidos del principio de los tiempos.

Pero, en realidad, conocemos esa lava y por qué nos lleva: tiene algo nuestro en sus brasas. La hemos albergado dentro, hemos alentado inconscientemente su pujanza. Por eso, cuando llega, todo se coloca en su lugar, aunque ese lugar sea una montaña de palabras y ramas y objetos revueltos. Su orden es el orden de nuestro desorden, de aquello en lo que hemos querido convertir al futuro, para que así nos transformase.

Irene Zacks “Space Alphabet” (1964), ilustrado por Peter P. Plasencia. 

Irene Zacks “Space Alphabet” (1964), ilustrado por Peter P. Plasencia. 

Dimensiones del diálogo

El diálogo nos transforma. ¿Qué éramos antes de empezar a hablar? ¿Qué somos al terminar? La conversación es un proceso de cambio que, cuando se da en plenitud, actúa como un arado: remueve la tierra, nos prepara para la siembra y nos planta semillas que germinarán o no según pase el tiempo y las lluvias. 

El gran Jan Švankmajer lo representó con una mirada lúcida en sus “Dimensiones del diálogo”. Supo convertir en imágenes sus distintas instancias, empezando por el diálogo fagocitado, el diálogo intelectual. En él se mezcla nuestra sustancia con la del interlocutor, las frases mezclan nuestro pensamiento con el del que nos responde y de ese conjunto salimos siendo otros, compuestos de fragmentos distintos de aquello que fuimos y aquello que nos dieron…


(“Diálogo”, por Igone Urquiza)

Este es el verdadero diálogo-semilla, que termina teniendo un efecto dominó. De aquéllos con los que nos encontramos terminamos por llevarnos un pedacito y les dejamos algo nuestro, que a la vez formará parte de lo que llevemos en nuestro bagaje para el siguiente interlocutor, y así sucesivamente… Estos para mí son por excelencia los diálogos en torno a una mesa, las conversaciones que nos transforman con una copa de vino en la mano hasta bien entrada la madrugada. Tienen algo de caníbal también, pero interactuar y compartir siempre tiene un toque antropófago: nos comemos y somos comidos, y esto no tiene por qué ser negativo siempre y cuando nos vayamos con una esencia similar a la que trajimos, si bien su contenido probablemente sea distinto. Pesamos lo mismo, pero con un distinto porcentaje de plumas y plomo…

También podemos confundirnos, dejar paso a una sustancia compartida en el que dos pasan a ser uno mientras dure el intercambio. El diálogo enamorado está en esta categoría: no se crea principalmente a base de palabras, sino de fusiones, creando una unidad distinta. La sustancia de cada amante se confunde para después volver a separarse. Es el diálogo fusional, en el que buscamos perder intencionalmente nuestra unicidad y emborronar las fronteras de piel que nos delimitan. En este diálogo a veces una parte de nosotros retoma su forma por un instante, para volver a diluirse de nuevo en el conjunto informe. Buscamos ser más que nosotros, y en ese proceso nos vaciamos para dejar hueco a la sustancia del otro y viceversa. Es el diálogo de los vasos comunicantes, en el que después recuperamos nuestra sustancia de vuelta sabiendo que ha sido diluida y recibida por el otro.

El tercer tipo de diálogo sería el diálogo destructivo, aquél en el que las palabras y los gestos tienen como intención destruir la sustancia del que está al otro lado. Lo que se dice se convierte en arma. El objetivo es dejar al interlocutor convertido en una sustancia informe, sin capacidad de reacción ni respuesta. Es una lucha a brazo partido, una batalla cuerpo a cuerpo con palabras punzantes. Este diálogo es el diálogo asesino, del que queremos levantarnos para darnos la vuelta y salir triunfantes del campo de batalla en una planicie desierta. Si este diálogo triunfa anulamos al otro, lo dejamos convertido en despojos que tardarán tiempo en recomponerse y más aún en poder volver a por su revancha.

Aquí va la visión de Švankmajer sobre estos tres primeros diálogos:

Por último está el diálogo funcional, en el que uno dice o pide algo y el interlocutor responde o proporciona lo necesario. Este intercambio es, en principio, práctico, y no debería tener mayor trascendencia. Sin embargo, el sistema no siempre funciona. En un intercambio ideal, como ilustra Švankmajer, de nuestra boca sale un cepillo de dientes y de la del otro un tubo de pasta, pero a veces de nuestra boca sale el cepillo y de la del otro un cordón, o un sacapuntas. Los diálogos funcionales son finalmente una versión dialogada del juego de piedra, papel o tijeras, o una cadena de montaje industrial. Si algo falla en un punto, se atasca toda la cadena y la comunicación es imposible. Aún compartiendo los códigos no sabemos encontrar la reciprocidad, y el proceso nos agota porque cada vez estaremos más lejos de conseguir lo que necesitábamos o de encontrar una entente para seguir adelante.

En el fondo, lo que diferencia un diálogo de otro es la manera en que se mezclen nuestras sustancias, pero siempre que haya un intercambio de palabras y de gestos nos vamos transformando. Se trata sin duda de un proceso social, pero hay mucho más que eso. Es algo que va más alla y que explica cómo evoluciona nuestra esencia, cómo vamos cambiando y nos vamos convirtiendo progresivamente en otros. 

Y es que el monólogo también nos convierte en seres distintos. También ocurren estos mismos procesos cuando hablamos con nosotros mismos o procesamos influencias y estímulos del mundo que nos rodea: nos fagocitamos, nos amamos, nos destruimos y nos procuramos (o no) lo necesario. 

El tiempo se nos va en estos juegos, dando y recibiendo, cambiando y haciendo cambiar, en presencia o en ausencia. Son juegos inagotables, pero también imparables e imposibles de evitar. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos hablarnos en el pensamiento, si fuera imposible comunicarnos con los otros? Seríamos una piedra en el vacío, eternamente idéntica a sí misma, aislada del cambio y sin saber de su existencia…

Mitch Blunt para Wired
www.mitchblunt.com

Mitch Blunt para Wired

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